Cientos de ellos. Círculos en espiral convertidos en ojos que le miraban sin descanso desde allí arriba. Estaban y estarían ahí para siempre, hasta que él decidiera marcharse a otra parte. Ellos no le seguían ni le seguirían, no le juzgaban ni le aconsejaban, se limitaban a observarle. Seguían sus pasos. Desde arriba, delante, detrás, a su lado; allí estaban siempre. El no hablaba con ellos. Se limitaba a observarlos, a comprender cuánto sabían sobre él y lo poco que importaba. Se le comían las palabras pero, se las comían desde dentro. Desde que ellos llegaron las cosas habían cambiado mucho, ya no eran como antes aunque lo parecieran. No había nombres para sus terceras personas, ni tinta ni tonta para sus dedos y empezaba a verse claro que allí, dentro de aquel lugar, ya dejaron de importar los sentimientos para dejar control total a los pensamientos. Fríos como el invierno que se anunciaba para aquel año. Y esque los sentimiento son volátiles. Lo que sientes hoy, puedes dejar de sentirlo mañana sin motivo alguno y no estaba bien dejar los hechos a manos de algo tan impredecible como un corazón mordido. Ya no...
Aquellos ojos de búho le dejaron algo muy claro: La gente presume de vivir, de sentir, de experimentar, pero, si la vida trajera un libro de instrucciones, antes o después, todos acabaríamos aprendiendo a leer...
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